lunes, 17 de julio de 2017

Reflexiones sobre La Magdalena pecadora y Santa

Por consiguiente, no hay ahora condenación para los que están en Cristo Jesús, los que no andan conforme a la carne sino conforme al Espíritu. Romanos 8:1

La Magdalena es nombrada tres veces en los evangelios con este nombre, aunque no es un nombre propio. La primera cuando se arrepiente de sus pecados públicos. La segunda cuando permanece al pie de la cruz junto a María, a pesar de la huida de casi todos. Y la tercera cuando acude al sepulcro y Jesús resucitado se le aparece. En las tres consigue hacer reaccionar el Corazón de Jesús, el mismo que sabe lo que hay en el corazón de todo ser humano,  y  que siempre supo lo que había en el de La Magdalena.

La palabra de Jesús llamándola por su nombre debió resonar siempre en sus oídos durante el resto de su vida. ¡Qué importan ya sus pecados pasados, aunque quizá volverían a su mente para intranquilizar su conciencia! ¡Cuántos sinsabores desparecieron de su corazón con una sola palabra de Jesús! Ahora definitivamente ya es otra mujer. El alma de María Magdalena es un alma que vive una vida de fe que ni podía soñar cuando se decidió a cortar con su vida de pecado

No era fácil. Por una parte estaba la vergüenza de reconocerse pecadora ante todos. Por otra el temor de ser rechazada y humillada. Los fariseos la habrían expulsado de la casa sin contemplaciones, aunque los pecados de ellos fuesen mayores y menos disculpables; pero, eso sí, no eran públicos y podían alardear de virtuosos. No sabían leer en los corazones ni sabían vivir la misericordia ante los arrepentidos. Eso es lo que Jesús hizo.

¿Qué importan las críticas si quiere ser perdonada? Esas críticas serán como fuego purificador de sus locuras. Ella quiere ser una mujer nueva. Pero necesita la confirmación del Maestro. Y Jesús dice que su pecado es real, pero encuentra la disculpa: ha amado mucho. Las últimas palabras del Señor se le quedarían fuertemente gravadas en su memoria: vete en paz. 

El amor que le llevó a pecar, una vez purificado, le llevará a entregarse de una manera que irá creciendo con el tiempo. Cerca de Jesús la veremos entre las mujeres que son fieles en el suplicio de la Cruz, y en la Resurrección ocupa un lugar destacado. Su conversión no es debida al temor a los castigos merecidos por sus pecados, sino fruto de un amor verdadero que sabe pedir perdón y superar con decisión los errores pasados. 

Si el propio Jesús obra en ella ese perdón y logra ver en su corazón ese amor tan grande, quien puede volver a juzgar a La Magdalena por sus pecados, luego del arrepentimiento y el perdón de Jesús, volver a mencionar sus transgresiones es un pecado aun mayor, nadie tiene ese derecho por encima del perdón de Jesús, cuantas Magdalenas han tenido que pasar lo que ella, el ser humano siempre juega a ser Dios juzgando, condenando y trayendo al presente las cosas pasadas.

María Magdalena se convirtió y partiendo de muy abajo llegó muy arriba, Se humilló y Dios la eleva. Jesús se vuelca en aquella alma humilde, y ella responde con una entrega incondicional al Maestro, aprovechando lo mejor de sí misma: su capacidad de amor. La pecadora será santa. ¡Oh Señor! No me jacto de mis obras… no alabo las obras de mis manos: temo que si tú las examinas, encontrarás en ellas más pecados que méritos. Sólo una cosa pido y eso espero conseguir: no desprecies las obras de tu mano. Mira en mí tu obra y no la mía, porque si miras mi obra me condenarás, pero si miras la tuya me salvarás. Pues lo que hay en mí de bueno, todo viene de ti y es tuyo más que mío.